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El ‘Bolero’ de Ravel en ocho escenas de cine

“No hay nada musical en él”, decía el pobre Maurice Ravel cuando hablaba de su Bolero. Y la verdad es que le entendemos un poco: cuando uno ha escrito la Pavana para una infanta difunta, La Valse o El niño y los sortilegios, debe de tocar un poco las narices que una pieza como esta (escrita por encargo de la bailarina Ida Rubinstein en 1928) se convierta en su pieza más famosa… precisamente porque en ella apenas ocurre nada, solo la repetición obsesiva de dos melodías en la tonalidad de Do mayor.
Pero esta simplicidad de la que tanto se arrepentía el compositor vasco francés ha tenido otro inesperado efecto secundario: gracias a ella, el Bolero es ideal para ponerle música a escenas de cine, desde los momentos más sexys a los más violentos, pasando (claro) por los musicales. Veamos los ejemplos más destacados.
10, la mujer perfecta (Blake Edwards, 1979)
Si bien dicen que el Bolero se hizo famoso gracias al director de orquesta Arturo Toscanini (para ser exactos, a la bronca que tuvo con Ravel a cuenta de la pieza), su popularidad experimentó un subidón cuando Bo Derek lo proclamó como “la música perfecta para hacer el amor” en esta comedia erótica del autor de La pantera rosa. Por desgracia, Dudley Moore (que se pasaba el filme persiguiendo a la susodicha con fines demasiado imaginables) no resultaba estimulado por su ritmo, sino todo lo contrario.
El bolero de Raquel (Miguel M. Delgado, 1957)
Resulta que, en español de México, “bolero” no designa solo a un ritmo bailable, sino también al oficio de limpiabotas. A Mario Moreno ‘Cantinflas’ le faltó tiempo para aprovechar ese equívoco en esta comedia, interpretando a un profesional del abrillantado loco por la bailarina Manola Saavedra. El resultado del encuentro es una escena de baile descacharrante.
Allegro non troppo (Bruno Bozzetto, 1976)
Con el noble afán de darle una colleja a la Fantasía de Disney, el animador italiano Bozzetto (muy célebre en su país por sus películas del señor Rossi) combinó piezas clásicas con sketches de humor negro en este filme. A la música de Ravel le toca ambientar la parte centrada en la prehistoria, con una sucesión de criaturas viscosas haciendo bueno el refrán “el dinosaurio grande se come al chico”. O así.
Love Exposure (Sion Sono, 2008)
En una de sus películas más desbordantes (275 minutos en versión completa), el siempre desquiciado Sono le reserva un lugar muy destacado al “tosatsu”. O, lo que es lo mismo, a la práctica de tomar sin permiso fotos de las partes íntimas de las chicas. Por si fuera poco, tan reprobable práctica se ve mezclada con las artes marciales en un montaje de humor vitriólico: tras verlo, ni el Bolero ni los nunchakus volverán a ser lo mismo para ti.
La faraona (René Cardona, 1956)
Choque de genios: a un lado, Maurice Ravel, y al otro, la mismísima Lola Flores, recordándonos que el Bolero nació para un ballet con ambientación de charanga y pandereta. La coreografía danzada aquí por Lola y Antonio Triana no se parece demasiado a las descripciones que nos quedan de la versión de Ida Rubinstein, pero resulta una delicia kitsch.
Femme Fatale (Brian De Palma, 2002)
Como estamos comprobando, el Bolero atrae a tres clases de directores: los salidorros, los majaras y los que son ambas cosas a la vez. Con lo cual, De Palma tenía que salir aquí: no contento con apropiarse de la pieza para su thriller con Antonio Banderas, el autor de Vestida para matar recurrió al gran Ryuichi Sakamoto para que la exprimiera, desmontara y elongara en una versión alternativa titulada (con todo el cachondeo) Bolerish.
Legión (serie, 2017-2019)
La selección musical de Noah Hawley para su serie mutante es variada e intachable. Y en ella, además de para dosis masivas de The Who, hay espacio para Ravel en este montaje paralelo (T1E7) que queda como uno de sus momentos más alucinados. Ojo a esa transición repentina al cine mudo, con intertítulos y todo, y a esos Dan Stevens y Aubrey Plaza compitiendo para ver cuál de los dos pone la cara más psicodélica.
Rashomon (Akira Kurosawa, 1950)
En la película que hizo famoso en Occidente al autor de Los siete samuráis, el Bolero no suena… oficialmente, porque el cineasta insistió en que el tema principal del filme se pareciera lo más posible a la música de Ravel. Vale que inspirarse en piezas de música clásica era algo habitual en el cine japonés de aquella época, y que Rashomon es uno de los filmes más postmodernos de Kurosawa, pero después de oír la pieza vemos con otros ojos aquel tropezón con Sergio Leone a cuenta de Por un puñado de dólares y Yojimbo: en todas partes cuecen plagios.
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